domingo, 26 de febrero de 2017

SEGURIDAD PRIVADA

 SOPHIE.





Que Víctor te mime en el baño es uno de los placeres más sutiles que una puede disfrutar en esta vida, uno de esos que resumen a la perfección la idea de abandono de la que antes he hablado. Hace que te sientas como una diosa, en el sentido más literal de la expresión, pues su trato sólo puede ser definido diciendo que, con sus atenciones, te sientes adorada.
Ese día me homenajeó, no sé por qué, con uno de sus mejores baños.
Cuando llegamos a la habitación, por supuesto, la bañera estaba llena de agua caliente con sales, el ambiente olía a vainilla, el frutero con las manzanas estaba colocado sobre el escritorio y todo estaba alumbrado por una tenue luz de velas. Para no perder tiempo, fui dejando caer mi ropa, prenda a prenda, por toda la habitación. Él la recogía, a mi espalda, la doblaba y la colocaba en su percha del armario, para que no se arrugara. Me metí en el agua, y allí le esperé con los ojos cerrados mientras él rebuscaba en su bolsa hasta dar con las cremas que necesitaría. Yo no tenía que decirle lo que debía hacer a continuación, pues conocía perfectamente mis gustos y, es más, el orden en que quería que fuesen satisfechos.
Apareció en el baño con varios botes de cremas para las manos y una silla para sentarse a mi lado, junto a la bañera. Ni siquiera abrí los ojos. Noté cómo cogió primero mi mano izquierda y le realizó un suave peeling en tres fases –primero una crema exfoliante, luego una limpiadora, luego una hidratante-, proceso que repitió a continuación, siempre con una delicadeza sorprendente en la aplicación, en la mano derecha.
Mientras dejaba los brazos fuera del agua el tiempo necesario para que la piel absorbiera las cremas aplicadas, Víctor tomó la alcachofa, reguló la temperatura del agua que salía de ésta hasta lograr el punto de calor adecuado y mojó mi pelo lo suficiente para poder aplicar, a continuación, un champú suave. Sé que es algo completamente innecesario, pero ese rato que se entretiene siempre extendiendo el champú al mismo tiempo que masajea las sienes, la nuca, todo el cuero cabelludo, es para mí el mejor de los pasaportes a la calma. Eso hizo ese día antes de aclararme el pelo, incluso volvió a hacerlo mientras hacía efecto el suavizante que acababa de aplicarme.
Tras el correspondiente y definitivo aclarado del cabello, me enjabonó todo el cuerpo con una esponja natural. Comienza siempre por el cuello, los  hombros y la espalda, sigue por el pecho y luego introduce sus manos en el agua para enjabonar, frotando con la presión justa, por el resto del cuerpo. A medida que te recorre con la esponja te vas abandonando a esa sensación, proveniente de la infancia más lejana, en que el momento del baño se convertía en el tiempo más gozoso de cada jornada.
Ese día, como tantos otros, una vez aplicado el jabón, dejó la esponja en la repisa junto a la bañera, y me fue aclarando la piel del cuello, los hombros y la espalda, con el agua que transportaba, muy de a poquitos, en las palmas de sus manos, esas mismas manos que luego se entretuvieron en un lánguido acariciar de mis pezones, en un suave viaje a través de mi tripa, del monte de Venus, del pubis, para demorarse en la cara interior de mis muslos, jugar con mis ingles, hundirse en mi entrepierna mientras sus dedos ya acariciaban mis dos puntos de placer, el que había en mi interior a escasos centímetros de la entrada del sexo, el que tenía en mi exterior protegido por su pequeña capuchita de piel, esa que él sabe retirar con tanta suavidad mientras juguetea con su pequeño inquilino, lo acaricia al principio, lo pellizca al final.
Ni una sola vez abrí los ojos, ni siquiera cuando llegué al primer orgasmo y dije en un susurro “quiero otro” para que él continuara moviendo hábilmente sus manos dentro y fuera de mí. Sólo al acabar el segundo y reponerme con un par de minutos de perfecto silencio, con una sonrisa idiota en mi semblante, los abrí y dije:
- ¡Qué rico!
Me preguntó si quería que me secara a mí o que él se mojara. Elegí la segunda opción, así que él se desnudó y me acompañó dentro del agua. Allí le esperé, con los ojos de nuevo cerrados, segura de que en ese momento él ya estaría en forma y se habría colocado el preservativo, como siempre.
Tener a un hombre dentro de ti mientras haces el amor dentro de una gran bañera, como era el caso presente, es una sensación única. No pesa apenas, con lo cual todos tus sentidos se vuelcan en tu sexo, el cual nota cada embate de tu amante, que gracias al agua siempre parece más ligero de lo que es en realidad.
Víctor sabía, también ese día, qué ritmo buscaba yo, y adivinó perfectamente cuándo quería que me besara en los labios, que enredase su lengua con la mía, que se entretuviera con su boca en mi cuello. Mantuvo esa cadencia el tiempo necesario para que yo me corriera y sólo lo aceleró al final cuando supo que yo estaba ya a punto de alcanzar el orgasmo porque apreté su cuerpo entre mis piernas, momento que él eligió para venirse dentro de mí, sincronizando perfectamente su final con el mío.
Quise tenerle entre mis brazos unos momentos, y allí se quedó, su miembro todavía en mi interior, liviano su cuerpo sobre el mío, su mano jugueteando lánguidamente con uno de mis pezones.
Luego se levantó, se secó con una toalla junto a la bañera y se volvió a vestir, pero esta vez sólo se puso una camiseta y el slip, uno de esos slips de kalvin klein que le sientan tan bien.
- Sophie, ¿quieres quedarte un rato más en el agua o te seco ya el pelo? –me preguntó al cabo de unos minutos
- Mejor salgo -preferí.
El agua había perdido algo de temperatura y no quería enfriarme en el interior de la bañera ahora que tan calentita me había quedado por dentro y por fuera. Me puse el albornoz del hotel que había en una de las perchas del baño y me senté frente al espejo en la silla que antes había traído Víctor para sentarse mientras me enjabonaba.
Allí, con el secador del hotel en una mano y un cepillo redondo en la otra, Víctor fue secando y modelando mi cabello hasta darle la forma que a mí me gusta, con unas suaves ondas que él lograba trazar casi tan bien como mi peluquera de París.
- ¿Vamos para la camilla? –me preguntó, cuando hubo acabado.
- En tus manos estoy –le dije, simplemente.
Allí tumbada, me dejé hacer. Víctor sabe que después del baño no me gusta un masaje en profundidad. Como conoce mis gustos en esas ocasiones, con un masaje relajante, construido sólo con caricias, extendió por cada centímetro de piel de mi cuerpo, desde la cara hasta la planta de los pies, la correspondiente crema hidratante. Cuando yo ya estaba hundida en la camilla, boca arriba, completamente hidratada, desnuda y magnífica como la diosa que era, abrió mis piernas con sus manos, enterró entre ellas su cabeza y jugueteó con su lengua en el punto de mi cuerpo donde más terminaciones nerviosas se concentran hasta que me vine abajo, arrastrada por una corriente de placer extenuante –era el cuarto orgasmo en menos de dos horas- y una mueca de gozo desbordado en el semblante.


Sin que yo tuviera que pedírselo, me tapó con la suave colcha de la cama y él se sentó en el suelo apoyado en la camilla, mientras yo le acariciaba el pelo. Y así nos quedamos hasta que decidí que había llegado el momento de recuperar el control sobre mi propio cuerpo y me levanté para maquillarme, mientras me comía una manzana, ante el espejo del baño, preparándome para acudir, a la hora de la reserva, a Casa Andrés.


jueves, 16 de febrero de 2017

SÓLO UN MASAJE

SILVIA.




Llegué al despacho media hora antes de que Víctor apareciera. Puse la calefacción a tope, tal como él había pedido y me metí en el baño a ponerme al día con esa necesidad orgánica que queda tan poco lustrosa en los relatos.
Cuando acabé, me acerqué a la sala de juntas –así la llamaba antiguamente, cuando en la oficina había el suficiente número de empleados como para que un nombre tan rimbombante  como “sala de juntas” tuviese algún sentido- y aparté las sillas hacia la pared.
Me dio la impresión de que con eso no sería suficiente, así que comencé a sacarlas de allí y las metí en uno de los gabinetes que ahora había quedado vacío.
Después quise empujar la mesa contra la pared y ahí fue cuando el día se torció. O cuando yo me torcí, en realidad. En mi vida he hecho deporte, mi elasticidad bascula entre cero y nada, y mi fuerza física da de sí lo justo para levantar tres o cuatro platos sin que se me quiebren las muñecas. Y aquella mesa, recuerdo de mejores tiempos, cuando los beneficios daban para encargar mobiliario de haya, pesaba mucho más de lo que yo podía desplazar por mis solos medios.
Primero lo intenté simplemente empujando. La mesa se quedó donde estaba. Luego, apoyé uno de los pies en la pared contraria para darme impulso. Algo se movió, si acaso dos o tres centímetros, antes de dejarme agotada.
Dicen que lo mejor para mover un mueble es mojar el suelo por donde se va a desplazar. Me pareció una gran idea. Siempre podía esperar a que apareciera ese hombretón que Gloria me enviaba para trasladarla, pero se me había metido entre ceja y ceja que la puñetera mesa no iba a poder conmigo. Así que fui al baño, empapé la fregona de agua y volví a la sala de juntas. Mojé el suelo, devolví la fregona a su armario en el servicio y, con una mirada muy decidida, decidí jugarme el todo por el todo. Apoyé ambos pies contra la pared, coloqué ambas manos en el canto de la mesa, tensé cuanto pude la espalda y, a la cuenta de tres, empujé hasta el límite de mis fuerzas.
No hizo que me detuviera ni siquiera el fuerte pinchazo que acababa de sentir en las lumbares. Hasta que la mesa estuvo en el lugar donde yo quería que estuviese no cesé mi empuje.
Y, cuando lo estuvo, pude comprobar que mi cabezonería me acababa de llevar a ese lugar donde sólo sentimos dolor, un inmenso dolor concentrado al final de la columna vertebral, un dolor que me cogía la nalga izquierda y que se difundía, como si fuese una corriente eléctrica, por mi pierna derecha casi hasta el tobillo.
Entonces sonó el timbre del interfono.
Me arrastré como pude –no podía enderezar la espalda- hasta la puerta, agarré el telefonillo y pregunté quién era.
- Soy Víctor –me contestó una voz de hombre-: me envía Gloria.
- Sube –dije, y dejé entreabierta la puerta mientras volvía, encorvada y cojeando, a la sala de juntas.
Él tenía que subir dos pisos cargando con la camilla, mientras que yo únicamente tenía que andar diez pasos, pero acabó llegando él antes a la oficina que yo a la sala de juntas. Oí cómo cerraba la puerta con suavidad después de haber entrado, y sentí cómo se ponía detrás de mí.
- ¿Te encuentras bien?
- Sí, hijo, sí –le respondí a aquella voz que hablaba a mis espaldas-. Es sólo que me ha dado un tirón en la espalda ahora mismo. Estaba moviendo esa mesa para que pudieras meter ahí dentro tu camilla.
- Permite que te ayude –me dijo, tomándome del brazo-. Bueno, parece que llego en un buen momento. No hay tirón que se me resista. ¿Crees que podrás esperar un momento apoyada en la pared mientras meto la camilla en esta sala y la preparo? Luego veremos cómo solucionamos lo del tirón.
Podría decir que dediqué ese rato de espera a observar a aquel hombre tan esbelto llevar su mesa de masajes a la sala, desdoblarla, montar las patas, afirmarla sobre el suelo y colocar su bolsa de tela sobre la mesa de mis desdichas. Pero no, ni me fijé en él: sólo quería que acabase de una vez y que, si podía hacer algo para calmar mi dolor, que lo hiciera cuanto antes.
- Bien –dijo, por fin-, esto ya está preparado. Vamos a intentar que te sientes aquí, ¿de acuerdo? Así, dándome la espalda, para que yo te trate desde detrás.



Me quité la chaqueta que llevaba puesta y la dejé caer al suelo. Él estuvo tanteándome la espalda con la mano sobre la camisa que llevaba puesta.
- Me avisas si te duele, ¿de acuerdo? –movía sus manos localizando la zona dañada-. Y, por cierto, no me has dicho cómo te llamas.
Se lo dije.
- ¿Aquí? -preguntó
- Sí, ahí duele bastante.
- ¿Y aquí? –dijo, presionando con el dedo en la zona que cubre el riñón.
- Más, ahí mucho más.
Con sus dedos estaba siguiendo la forma de algún músculo, nervio o tendón que se dirigía hacia la pierna.
- ¿Y aquí? –preguntó, apretándome con el pomo de la mano sobre la zona alta del glúteo.
- Ahí muchísimo más.
Resopló.
- Esto me va a llevar un rato –dijo-. Creo que está bastante agarrado y que afecta a los tendones. Voy a necesitar que te desnudes y te tumbes boca abajo.
Hice un movimiento para bajar de la camilla y en mi cara se reflejó la punzada de dolor que acababa de sentir al intentar incorporarme.
- Yo te ayudo –me dijo-. No hace falta que te bajes.
- ¿Me vas a desnudar tú?
- Tranquila, sé hacerlo.
- Ya me imagino, ya. Oye, no te pienses que esto es un cuento. Ya te habrá explicado Gloria que yo no quería un servicio de esos que…
- Silvia, por favor, no voy a hacer nada que tú no quieras, ¿vale? Relájate y deja que te mime. Si lo haces te prometo que vas a volver a tu casa sin ningún dolor en la espalda.
La perspectiva era alentadora, así que me dije que mejor me dejaba de tonterías y extendía los brazos.
Víctor se ocupó de todo, de quitarme la camisa, los zapatos, las medias y la falda. Apenas cubierta por las bragas y el sostén –no es que me importara demasiado, pero al menos el conjunto que llevaba ese día era bonito- me indicó que me tumbara boca abajo.
- Ahora te voy a tapar las piernas con esta manta, y los hombros y los brazos con esta toalla –dijo a medida que iba sacando lo necesario de su bolsa-. La verdad es que tampoco es que este sitio esté muy caldeado. Mira, te voy a tratar la zona afectada, empezando por la parte más cercana a la columna. Cuando tengas que sentir dolor, te avisaré primero, pero si no te he avisado antes y lo notas, dímelo, no sufras por sufrir. A ti eso no te va a ayudar en nada y yo necesito saber en todo momento lo que te pasa por dentro para poder hacer mi trabajo.
Cuando me tocó con sus manos las tenía calientes y resbaladizas. Debía haberse aplicado en ellas algún tipo de aceite.
Tumbada boca abajo en la camilla, con la cabeza descansando dentro del agujero que esta tenía, cerré los ojos e intenté no pensar en el dolor.
Víctor se calló en ese momento, absorto en su tarea. Sentí cómo trabajaba la zona, masajeando ambas lumbares, cómo metía los dedos hasta donde yo creía que los dedos no podían llegar.
Luego me apartó ligeramente la braga para centrarse en la cara interna del glúteo dolorido. Notaba cómo se esmeraba en evitar que aquella prenda de vestir no le dificultara su trabajo, pero era evidente que lo estaba haciendo.
- Víctor, no sé qué me estás haciendo, pero por donde pasas la mano desaparece el dolor. Noto que la braga te molesta, ¿es cierto?
- Trabajaría mejor sin ella, la verdad.
- Pues quítala sin miedo. Acabo de decidir que unas manos como esas no me pueden hacer ningún daño.
Con sumo cuidado hizo resbalar mis bragas hasta que las sacó por mis pies hacia fuera. Supongo que las dejaría sobre la mesa, porque allí las encontré cuando tuve que volver a ponérmelas.
- Mucho mejor así –dijo.
Y volvió a callarse. Ahora le notaba cómo se cebaba en los glúteos, en la cara externa del muslo, cómo iba metiendo cada vez más profundamente sus pulgares en mi carne.


Creo que estaría amasando ahí unos diez minutos.
- ¿Puedes mover la pierna para ver si ahora te duele?
Boca abajo, recogí ambas piernas.
- ¡Nada en absoluto! –dije sin acabar de creérmelo.
- Intenta ponerte a cuatro patas, primero arqueando y luego estirando la espalda a tope.
Lo hice. Ni una sombra de dolor.
- ¡Chico, qué maravilla! Si lo tengo mejor incluso que antes del tirón…
- Bueno, pues entonces creo que ya te puedo dar el masaje de verdad. Gloria me dijo que te hiciera el mejor de mi vida y no puedo desagradar a mi jefa, ¿no?
- Masaje, bien, ya te he dicho que me fío de ti, pero sólo masaje.
- ¿Otra vez como antes, Silvia?
- ¡Coño, que a mí esto me da mucho yuyu!
- Silvia, te voy a pedir que seas sincera. ¿Cómo estabas cuando he llegado a esta oficina?
- Bien fastidiada –lo cual era una verdad incontrovertible.
- ¿Y cómo estás ahora?
- ¡Fenomenal! –no se podría describir de otro modo.
- ¿Me vas a dejar ya, sin más peros ni objeciones, que haga lo que ya has comprobado que hago muy bien?
Un vistazo de arriba abajo a aquel joven tan bien parecido y me dije que por qué no. Que adelante.
- A tu disposición –dije.
- La luz –dijo, tomando la iniciativa ahora que parecía que había vencido mi resistencia-, hay demasiada. Voy a bajar la persiana a tope y a encender un par de velas que he traído, si te parece bien. Además, yo doy mis masajes con música.
- Tengo un reproductor de CDs en mi despacho. Voy a buscarlo.
- Ni te muevas. Traigo mi propio equipo en esta maleta –sacó de la misma un mp4 y unos altavoces, que colocó sobre la mesa y activó en un momento-.
Cuando creyó que la luz era la adecuada, dio al play y comenzó a sonar una melodía para mí desconocida, toda llena de trinos de flauta y sonido como de agua.
- Bueno, te voy a explicar lo que vamos a hacer. Empezarás poniéndote boca arriba. Te voy a trabajar el cuello y las cervicales, lo primero, para relajarte, que te noto muy estresada.
- ¡No lo sabes tú bien!
- Luego nos centraremos en la cara y la cabeza. A continuación los brazos y las manos, después la tripa y las piernas por delante. Más tarde te pediré que te des la vuelta, repasaremos la zona donde ahora hemos trabajado, haremos la espalda y los hombros y acabaremos con piernas y pies por detrás. Si necesito que te muevas, te lo diré. Si no, casi mejor que estemos en silencio, ¿de acuerdo? Me ayudas, sobre todo, si te relajas e intentas abandonarte a la música.
- Hecho –dije, obediente.
- Necesitaré una silla de esas que tienes ahí afuera.
Salió, cogió una y se sentó a los pies de la camilla, frente a mi cabeza. Él mismo recogió mi pelo en una coleta y empezó a pasar sus cálidas y aceitosas manos por mi cuello y las ijadas de mis hombros. Se centró, primero en las cervicales y, después, poco a poco, fue metiendo sus dedos por el hueco que quedaba entre mi nuca y el cuello. Allí los dejó un rato, moviéndolos suavemente, a un ritmo que se acompasaba con la serenidad de una música que, poco a poco, me estaba sumiendo en una profunda calma, transportándome a un nivel de semiinconsciencia.
Luego  amasó mi cráneo con suavidad con las palmas de su mano, y yo sentía –no es broma- como que se oxigenaba mi cerebro, como si estuviese separando los huesos que conforman el cráneo, unos huesos que yo pensaba –al parecer, equivocada- que no se podían mover.
Relajó mi frente con suaves movimientos circulares de las yemas, mis pómulos con débiles punzadas que concluían en una caricia, los lóbulos de mis orejas con pellizcos casi inapreciables, la cara interior de mi cuello, mis labios, mi nariz, el mentón. Todo ello, mientras sus manos recorrían regularmente, a intervalos de medio minuto, mis hombros  y los músculos y tendones que, desde ahí, sostienen el pecho.
En ese momento mi cabeza estaba hundida en la camilla. Estoy segura de que si hubiera saltado la alarma de incendios en ese momento, ni siquiera hubiera podido moverla para ver qué sucedía.
Con los ojos cerrados y en mi mente fluyendo solamente la música y el suave contacto de sus manos calientes, se puso en pie y me destensó brazos y manos, se entretuvo en una caricia refrescante en la intersección de brazo y antebrazo, en un sensual masaje de muñecas.
En mi tronco se detuvo más tiempo de lo normal. Estiró las costillas, o eso me pareció, pues tenía la sensación de que quedaba más espacio para ubicar mis entrañas en su seno, hundió sus dedos por la cavidad del estómago, recolocando cada una de ellas en un lugar que, ahora me daba cuenta, debía ser el suyo, y luego se demoró en largas caricias que, igual que antes había hecho con la cabeza, ahora me relajaron esa parte de mi cuerpo hasta dejarla –y ya sé que parece una contradicción- perfectamente presente, indoloramente ausente.
Después me cubrió el tronco y se dedicó a masajear las piernas. Desde los muslos hasta los pies, donde le dedicó un tiempo más que significativo al empeine, al talón, a cada uno de los dedos. Es verdad que cuando masajeaba los muslos rozó sin ningún pudor mi sexo, que llevaba ya una hora expuesto al aire libre, con las bragas encima de la mesa, pero me dio igual. No se entretenía en esa parte de mi cuerpo, sino que seguía su rutina de movimientos por la pierna. Y, además, envuelta en la música de las flautas y el agua, el contacto de sus manos, tocase donde tocase, me resultaba en todo momento suave, acogedor, cálido y relajante.
- Ahora, Silvia, muy despacio, date la vuelta, por favor.
Me la di y él cubrió mis piernas con la manta. Extendió por toda mi espalda el aceite aquel que tan calentita me dejaba cualquier parte del cuerpo donde lo aplicaba. Durante un rato volvió a amasar la zona donde había sufrido el tirón moviendo la mesa, hasta que quedó satisfecho por mi total ausencia de gestos de dolor. Luego recorrió mi espalda centímetro a centímetro amasando, pellizcando, apenas apretando, acariciando. Y al final de cada movimiento a través de mi espalda, sus manos se detenían en mis hombros, amasaban mi cuello, soltaban suavemente cada una de las contracturas que allí se habían ido acumulando.
Me tapó la espalda con la manta cuando decidió centrarse en la parte inferior de mi cuerpo. Empezó con un suave masaje en los tobillos, luego extendió el aceite por el bíceps y el gemelo de la pierna izquierda, por el glúteo de esa parte de mi cuerpo. Destensó cada uno de los músculos que ahí se acumulan, liberó cualquier tipo de tensión en esa pierna, luego en la otra, y cuando amasaba las nalgas sus dedos acariciaban, sutilmente al principio, de forma decidida después, cada centímetro de mi piel.


Pensé pedirle que dejara de hacer aquello, pero estaba en un estado casi catatónico, envuelta en no sé qué clase de hipnosis. Una vocecita muy lejana en mi interior –creo que la llaman pudor- quería dejarse oír, pero mi cuerpo la había amordazado hacía un buen rato, preso como estaba de aquel placer desconocido basado en el tacto de sus manos, de sus dedos, que ahora ya estaban acariciando esa parte de mí que sólo Juan y mi ginecólogo habían tocado alguna vez, y mi sexo se abría a su mano, sin recato alguno, húmedo y palpitante, la única parte de mi anatomía capaz de generar algo de movimiento en ese instante.
- ¿Sigo? –preguntó.
En lugar de contestar, levanté ligeramente la espalda para dejarle más espacio y abrí las piernas. El siguió masajeándome la zona, ocasionalmente metía uno o dos dedos empapados en aceite en el interior de mi sexo que, por su sola voluntad, cerraba las paredes a ese escurridizo contacto, mientras que con la otra mano se dedicó a acariciarme el clítoris, cada vez un poco más intensamente, siempre a la velocidad adecuada, como si mi ansiedad y sus dedos se comunicaran y ella les fuera comunicando el ritmo al que quería que se moviesen. Hubo un momento en que metió uno de sus dedos por detrás y lo dobló, acariciándome por dentro. Acabé corriéndome con un grito ahogado, con tres de sus dedos en una de mis entradas y uno en la otra.
Pero seguía siendo incapaz de moverme. Tampoco quería moverme, la verdad.
Mientras, él continuó durante unos minutos acariciándome las piernas con las puntas de sus dedos, un tiempo que yo aproveché para ir abrazando una sensación nueva, un sentimiento de infinito gozo, de calma satisfecha, de solemne adoración de mi propio placer, de total y absoluta falta de vergüenza.
El no requería nada de mí, y yo eso lo sentía, no necesitaba que ahora yo me esforzase en darle alguna clase de placer o recompensa. No, había dejado claro que aquello había sido sólo para mí, y que era así como tenía que ser. Y que, además, no era malo.
Tumbada boca abajo, oí cómo secaba el aceite de sus manos con una toalla, acercó su boca a mi oído y me dijo en un susurro:
- Dentro de media hora volveré a por la camilla. Mientras tanto puedes quedarte así el tiempo que quieras.


Diez minutos después me sacó de mi sensual atontamiento la alarma de mi móvil. Lo había programado para que me avisara a las siete menos veinte, pues quería llegar a casa a tiempo de ver a Iván, por si luego se le ocurría salir a dar una vuelta con los amigos.
Me vestí a toda prisa y recogí apresuradamente todas las cosas de Víctor, que dejé en el pasillo, al otro lado de la puerta, junto con mi tarjeta y una nota en la parte posterior de la misma:

Del final, a la bruja de tu jefa, ni una palabra. Y déjame tu número de teléfono en el buzón. No me hagas pasar por la humillación de tener que pedírselo a ella. Yo te llamaré.

Estoy segura de que recibió mi mensaje porque cuando al día siguiente llegué a trabajar, Vanesa me entregó el correo y, entre las cartas de bancos, hoteles y aseguradoras, apareció una tarjeta con el nombre de Víctor, su número de teléfono y, al dorso, el número 100, junto con una nota de su puño y letra (“precio para clientas muy especiales”).
Deduje que se trataba de una tarifa mucho más reducida que las habituales en los servicios que prestaban los chicos de Charming. O sea que lo había hablado, deduje, ya con Gloria, y que ésta le había dado el visto bueno. Sólo esperaba que él hubiese explicado la naturaleza del servicio dejándolo en la parte del masaje.
Llamé inmediatamente. Cuando cogió, le formulé mi deseo inmediatamente:
- Soy Silvia. El martes que viene en el mismo lugar y a la misma hora.
Colgué y suspiré mientras Vanesa, que me miraba extrañada desde su mesa, me preguntó:
- ¿Vuelvo a meter todas las sillas que sacaste ayer de la sala de juntas?


- No –le contesté-, ¿para qué, si ya no hay juntas? ¡Y ni si te ocurra menear la mesa que he puesto contra la pared.

miércoles, 8 de febrero de 2017

PSIQUIATRÍA ORAL

IRENE




A ver, yo no soy así, esto es importante matizarlo. Quiero decir que yo no soy así siempre. Y si subrayo ese adverbio de tiempo es porque me voy a explicar.
Creo que la primera vez que sentí esa necesidad, la de usar a un hombre olvidando su disfrute, fue durante el primer año después de mi divorcio. Ojo, no voy a ser yo la que diga nada en contra de Ángel. Siempre estuvo donde tenía que estar. Me dio lo que necesité y nunca, nunca nos engañamos el uno al otro. Así que esto tiene que quedar bien clarito: jamás, pero jamás de los jamases estuve yo con Víctor antes de que mi convivencia con mi marido hubiese concluido.
Es cierto que la nuestra, la de Ángel y mía, no daría para sostener una historia de Corín Tellado, pero tampoco era algo puramente material, y sería muy injusto por mi parte mentir sobre este particular, diciendo que acudía a los servicios de un gigoló mientras a él lo tuve a mi lado en la cama, incluso durante el tiempo en que él, o yo, no éramos sino otras dos piezas del mobiliario de la habitación. Yo le quise, él me quiso. Ni yo le dejé mensajes de ausencia apasionada a altas horas de la madrugada en su contestador automático, ni él me escribió nunca ripios de esos que riman “mano” con “te amo”, pero nos quisimos mucho, nos ayudamos mucho en nuestras respectivas carreras y, sí, formamos un hogar como dios manda.
Nadia, Ana y Gema. Tres soles pecosos y de pelo cobrizo. Como su padre. Todas clavadas a su padre, ¡hay que joderse! Que me da igual, ¿eh?, no se interprete esto como que me fastidia que ninguna de las tres se parezca a mí ni un tanto así, pero, hombre, un poquito, al menos un poquito de mi carácter podría haber sacado alguna de las tres. No es tanto pedir.
Clavadas a su padre han salido hasta en eso. La misma mala hostia. La misma mirada penetrante, esos ojos que se te enfrentan sin pestañear, desafiándote a ver si eres capaz de aguantarles el órdago diario que te plantean por cualquier chorrada. Doce años, en el caso de Gema, de miraditas de esas para ver si me atrevo a insistirle una vez más de que recoja su cuarto; diecisiete, en el caso de Ana. Veinte, en el de Nadia. Las tres tienen esos ojos azules de su padre.
Permítaseme la maldad: casi me dan miedo hasta a mí.
Adoro a mis hijas, que sí. Pero no soy cariñosa. Ese no es mi fuerte. ¿O debiera decir que soy cariñosa “de otra manera”? Soy capaz de escuchar las chorradas de la docena diaria de pirados que pasan por mi consulta, soy capaz de oír mil y una historias acerca de que los bancos nos ponen agentes secretos o que hay suegras que instalan cámaras en los retretes para vigilar a sus nueras, pero no soy de las que se pasan el día besuqueando a la prole. Soy psiquiatra y no soy tocona. Quiero a mis pacientes y me desvivo por ellos, pero el afecto a mí no se me convierte en carantoñas.
¿Y qué? Es lo que hay. No me parece que sea un defecto. Tengo un cupo de más de mil pacientes, mi consulta se llena de felicitaciones en navidad por su parte todos los años, de mensajes de agradecimiento de familiares de enfermos a los que he devuelto un poco de paz  gracias a la bendita farmacopea, pero no soy cariñosa. No así. Ahora bien, a estos extraviados les ayudo a ordenar su mente, a no desvariar, a pisar tierra, a estar aquí y ahora. Sin mil y una horas de sesiones de profundización en el inconsciente, que no soy nada lacaniana, sin hablar de cosas tan alambicadas como la forclusión del nombre del padre o milongas parecidas. Un problema, una solución, que casi para cada problema hay un principio activo maravilloso que reajusta el tornillo que, por exceso o por falta de uso, acaba aflojándose en sus mentes.
Y dicho todo lo anterior, a mí lo que me gusta es que me coman el coño.


En serio, supongo que lo podría decir de un modo menos directo, más políticamente correcto, pero lo cierto es que lo que me calma es que me chupen. Preciso esto: que me chupen y no me hablen.
Y Ángel, mi marido, como amante era un puñetero charlatán. Tanto “te quiero”, tanto “te adoro” en la cama… ¿A qué venía todo aquello cuando fuera de las sábanas la frase más cariñosa que me decía era “me acercas la sal, por favor”’? Me descentraba. Y es verdad. Me lo comía, pero me distraía todo el rato. En el único momento en que me gusta que los hombres sean un puro mutis este tonto del culo se creía que le tocaba ir de Cyrano de Bergerac.
Pongamos por delante que no me divorcié de él por eso. Es verdad, en aquella época yo le daba al sexo la misma importancia que a la generación eólica de electricidad. Sabía que existía pero, en lo fundamental, no iba conmigo. ¿La luz de casa se encendía? ¿Sí? Pues tanto me daba si al electrón lo ponían a bailar en un reactor nuclear o lo mareaban en las aspas gigantescas de un molino en medio de Las Bárdenas.
Digamos que el sexo era eso que pasaba cuando, en cuestión de diez minutos, aquel pobrecillo me chupaba una teta -siempre la derecha-, me tocaba un ratito el chumino (adoro esa palabra, “chumino”, me parece tan tierna…), bajaba unos minutos al pilón, me pedía que me diera la vuelta y me embestía por detrás con la misma urgencia que un conejillo de indias al que invitan a una cunni-parti en la jaula del vecinito de al lado.
Pero no me divorcié por eso. Del sexo no esperaba nada más, ni entonces, ni nunca antes.
Yo les decía a mis pacientes femeninas que si sus hombres no les satisfacían en la cama tampoco era como para que se extrañaran. Que hicieran (como yo hacía) una buena sesión de masturbación aprovechando una mañana de sábado solitaria en casa, y arreglado. Vale, algún antidepresivo también cabía en esa dieta. Pero con los antidepresivos una siempre se está jugando la libido, así que normalmente era una cuestión a valorar entre ellas y yo, o te alegro el carácter pero te mato las ganas de follar, o te dejo esas ganas pero no te doy una sola pastilla. Si no les quedaba otro remedio les ordenaba tomar el fármaco, pero no son ni cien ni doscientas las que acababan confesando en consulta que habían abandonado los antidepresivos porque “mire, doctora, desde que empecé a tomar esa cosa que me recetó, es que ni una triste pajilla…”
Y no me divorcié por las niñas, que nadie se haga esa idea acerca de mí. Tendrían sus ojos y te desafiarían día sí, día también, pero esa era una conducta aprendida de él… vale, y de mí.
El mismo mal genio, los dos. Si uno tenía un pronto rápido, a la que esto suscribe, si se le hinchaba la vena, luego hacían falta horas para que se le desinflara.
¿Que nos quisimos? Sí, eso es innegable. Y mucho. ¿Que nuestro amor naufragó en una tormenta perfecta de bronca tras bronca? Pues también es verdad.
El caso es que el amor se fue a pique. Y antes de que ninguno de los dos se reconociera a sí mismo que como pareja éramos un cero elevado a la enésima potencia, resultó que llevábamos dos años acostándonos juntos cada noche sin que en todo ese tiempo vuelto a hacer el amor ni una sola vez. Dos años son mucho tiempo.
Y entonces, en una noche de guardia en el hospital psiquiátrico, se me cruzó en el camino Raúl. Tan guapo y complaciente como pánfilo. Cuando me di cuenta de que llevaba media docena de guardias consecutivas tonteando con el mismo enfermero simplón y calvo tomé nota de que eso era síntoma de que empezaba a necesitar algo que en casa hacía mucho que no me lo daban.
Punto y final. No iba a ser infiel. Pero no continuaría mucho más tiempo recorriendo aquel camino que iba de ningún lugar para llegar a ninguna parte. Ni Ángel ni Raúl.
Divorcio, casa nueva, custodia compartida, y una semana de cada dos para mí.
De esto hace ya tres años. Ahora discuto mucho menos con mis hijas. Con Ángel sólo hablo por teléfono, incluso hay temporadas que le tengo bloqueado en el servicio de mensajería instantánea.
A Raúl me lo tiré después, una noche, en el apartamento que se nos reserva a los colegiados para hacer las guardias, un gesto de agradecimiento por haberme permitido abrir los ojos ante mi propia vida. Y después de dos escarceos intermedios, uno con un ingeniero de telecomunicaciones tan atlético como parco en palabras (que no hablaba mientras lo hacía, pero me comía fatal, con una falta de pasión que aburriría hasta a las primerizas) y otro con un abogado más estirado que un chicle sin sabor, acabo un fin de semana de congreso en Madrid y una colega, Santa se llama (¡hay que joderse con el nombre!) me recomienda que, si tengo tan claro lo que quiero, que pague por ello.
- Te lo puedes permitir, ¿no? ¿Cuál es el problema? Los tíos lo hacen desde que arrancó el Neolítico. Coño, si pagas a una peluquera para que te corte el pelo a tu gusto, ¿por qué razón no vas a pagar para que te hagan un cunnilingus a tu gusto de vez en cuando?
He ganado el premio a la tozudez. Desde luego, ¡qué manía tienen todos los hombres de usar la lengua para hablar cuando sólo les pagan para chupar y callar!
¡Cuatro! Cuatro noches de pruebas durante mi primer congreso de psiquiatría como divorciada tuve que aguardar hasta encontrar a alguien que me lo hiciera exactamente como yo quería. Ni hola al llegar, ni adiós al marcharse. Lamer, chupar, besar. Y punto. Tampoco es tan difícil de entender, ¿no?


Fue un sábado de principios de junio. Hacía una temperatura tan agradable en la calle que, tras contratar sus servicios por teléfono, le esperé desnuda en la cama, con la ventana abierta. De ahí llegaba el sonido de los motores de los autobuses en la Gran Vía, algún claxon, un lejano “plocplocploc” de las aspas de un helicóptero y, muy ocasionalmente, una sirena. Por lo demás, la habitación estaba en la última planta del hotel y, a través de los visillos descorridos, podía ver el azul intenso de un cielo sin una sola nube, perfecto.
Víctor -es lo único que sé de él, incluso hoy en día- recogió en la recepción la tarjeta que había dejado para él y subió los catorce pisos en el ascensor. La usó para entrar en la habitación y en todo momento mantuvo la vista fija en el suelo, evitando el contacto directo con mis ojos.
“Un punto para el chico -me encontré pensando-, a todos se les ha escapado siempre aunque sea una miradita, pero este cabrón se ha aprendido de puta madre el papel que le he encargado que interprete”. Oye, y bien mirado, son trescientos euros por un máximo de dos horas. Qué menos que hagan lo que se les pide por ese precio, ¿no?
Yo, en cambio, sí le miré. Y me pareció guapo; incluso teniendo en cuenta que se notaba que llevaba ya un buen puñado de años asentado en la treintena se le notaba musculado, bien formado. Y la cara. Recuerdo que pensé que aquél tío sí que era guapo, con ese pelo oscuro, esa tez morena, esos ojos de un verde radiante.
Ahora sólo faltaba ver cómo interpretaba el resto de la obra.
Le pongo un diez. Lo hizo de maravilla.
Sin quitarse ni siquiera la camisa que llevaba puesta, sin dar en ningún momento la más leve muestra de excitación, sin mirarme, sin tocarme con las manos, se colocó de rodillas ante los pies de la cama, yo me dejé resbalar hasta colocar mi sexo frente a sus labios, abrí bien las piernas y cerré los ojos.
A partir de ese momento ya no había guión. Sólo usar la boca. Y que sólo yo importe.
Víctor tiene un don natural para esto, un don divino, me atrevería a afirmar. Es un virtuoso de la lengua.
El primero de mis orgasmos ese día actuó como una espoleta que genera una reacción en cadena; fue como si activaras un mecanismo falto de engrase desde hacía milenios pero que, una vez que se ha vuelto a poner en marchar, ya no hay forma de pararlo. Me ensalivó la vulva como si estuviera chupando un cono de helado. Sin prisa. Sin pausa. Desde el inicio del perineo hasta el clítoris. Una vez. Y otra. Y otra. Y cuando apreté mis piernas alrededor de su cuello él comprendió que ahora su paseo debía ser más corto, que ya no debía recorrer toda la autopista de mi sexo, que sólo tenía que centrarse en el pequeñísimo punto donde en mi cuerpo se paga y se cobra peaje, ese minúsculo granito que se endurecía cada vez más según su lengua lo rodeada, sus dientes lo mordisqueaban suavemente, sus labios lo succionaban.
Estallé como una perra. Juro que, literalmente, ladré. No sé si fue antes, durante o después de mi orgasmo, pero aquel cunnilingus se ganó un “guau” de mi parte como en la vida volveré a ladrarle a ningún otro hombre.
No se movió de donde estaba. Se quedó allí quieto, de rodillas, sumiso, esperando mis órdenes, todo el tiempo que yo necesité para recuperarme, para mirarle y decirle, sencillamente:
- Otro -y en mi voz no hubo ni pasión ni urgencia, sólo dominio, poder, mando.
Esta segunda vez quise ver cómo lo hacía y levanté el tronco, apoyando mis manos extendidas hacia atrás. Víctor estaba casi acuclillado. Era evidente que esta posición, que bajaba mi pubis, a él le dificultaba los movimientos, pues le cerraba el espacio donde enterrar la barbilla.
Seré sincera. Me gustó verle allí, de rodillas ante mí, esforzándose en tan poco espacio en chuparme el coño y, al mismo tiempo, medio ahogado porque casi no tenía espacio para respirar, su nariz enterrada en mi vientre.
Creo que se alegró cuando me corrí por segunda vez porque, al dejarme caer hacia atrás, levanté la cintura y él pudo tomar una bocanada de aire que resultó audible en aquella habitación, y me atrevería a jurar que hasta en la calle, catorce pisos más abajo, a través de la ventana.

- Ahora no pares, hijoputa, el siguiente lo quiero seguido, sin pausa; así, cómeme una y otra vez, sin decir nada, sin una queja, sin una palabra de amor. Eres una cosa, la cosa por la que yo pago para que me coma el coño.



Hace seis meses que tengo algo así como novio formal. Después del abogado llegó el dueño de una cadena de ópticas en mi ciudad, un hombre amable, divertido, que sabe disfrutar de la vida y, sí, de la cama. De este no puedo decir, precisamente, que me monte como un conejillo de indias durante una cunni-party, pero… dentro de dos meses tengo el congreso nacional de psiquiatría otra vez en Madrid y hay una pregunta que me hago de unos días a esta parte, aunque ya sepa la respuesta. ¿Acaso tengo que renunciar a un tío que es capaz de comérmela sin descanso durante una hora porque haya otro al que, si soy sincera, por lo atento, cariñoso, amable y, sí, buen amante que es no puedo llamarle de otra forma que “el hombre de mi vida”?
La respuesta es no, claro. Ya no tengo veinte años. La vida me ha enseñado demasiado como para, si tengo que elegir, no quedarme con todo.
Incluso si vamos a niveles de extrema precisión eso que yo hago con Víctor, o, mejor dicho, eso para lo que yo uso su boca, difícilmente se puede considerar relación extraconyugal, por mucho que ya haya sucedido una decena de veces, pues de relación ahí no hay nada, y de sexo por su parte diría yo que muy poco.
De acuerdo, mejor si borramos el párrafo anterior. Ya sé que esto que acabo de decir es una tontada y bien grande. El caso es que no voy a sostener que lo que hago con este playboy del cual no conozco ni el tono de voz no sea sexo, pero, joder, no comparemos una cosa con otra, a Miguel -así se llama mi rey de las gafas- le quiero. Este otro, Víctor, bueno, Víctor, ¿qué puedo decir? ¿Alguien me va a creer si afirmo que hubo un día en que me hizo correrme en su boca seis veces?
Y ahora debo confesar que he mentido, porque sí sé cómo suena su voz.
Ocurrió en cierta ocasión. Hacía una hora que había acabado conmigo y se había ido. Yo me había duchado y había bajado a tomar una copa al bar del hotel, pues todavía era temprano, y allí me lo encuentro, sentado en un taburete, ante la barra, delante de una cerveza.
Creo que la situación fue un tanto incómoda para él cuando vio que la dueña del coño que se había estado comiendo durante una hora se sentaba a su lado en el bar, sonriéndole. Se quedó paralizado, mudo, lanzándome una mirada interrogativa, sin saber si me podía dirigir la palabra o no.
- Vale -le dije-, ahora no estamos en la habitación. Tú hablas y, por qué no, incluso pagas la consumición. Camarero -dije, girándome en dirección al barman- un gintonic de Citadelle, que paga el caballero.
Resultó que el tipo aquel era un buen conversador, que me hizo reír durante la media hora que permaneció allí conmigo, antes de subir a otra habitación, donde había otra clienta esperando sus servicios.
Eso sí, todo lo simpático que se quiera, pero las demás veces estuvo tan callado como yo quería, comiéndome en silencio como un vasallo aplicado. Exactamente, justamente lo que yo exijo. Porque no lo olvidemos, aquí la que paga soy yo.

Y él, simpático o no, sólo chupa.