domingo, 26 de febrero de 2017

SEGURIDAD PRIVADA

 SOPHIE.





Que Víctor te mime en el baño es uno de los placeres más sutiles que una puede disfrutar en esta vida, uno de esos que resumen a la perfección la idea de abandono de la que antes he hablado. Hace que te sientas como una diosa, en el sentido más literal de la expresión, pues su trato sólo puede ser definido diciendo que, con sus atenciones, te sientes adorada.
Ese día me homenajeó, no sé por qué, con uno de sus mejores baños.
Cuando llegamos a la habitación, por supuesto, la bañera estaba llena de agua caliente con sales, el ambiente olía a vainilla, el frutero con las manzanas estaba colocado sobre el escritorio y todo estaba alumbrado por una tenue luz de velas. Para no perder tiempo, fui dejando caer mi ropa, prenda a prenda, por toda la habitación. Él la recogía, a mi espalda, la doblaba y la colocaba en su percha del armario, para que no se arrugara. Me metí en el agua, y allí le esperé con los ojos cerrados mientras él rebuscaba en su bolsa hasta dar con las cremas que necesitaría. Yo no tenía que decirle lo que debía hacer a continuación, pues conocía perfectamente mis gustos y, es más, el orden en que quería que fuesen satisfechos.
Apareció en el baño con varios botes de cremas para las manos y una silla para sentarse a mi lado, junto a la bañera. Ni siquiera abrí los ojos. Noté cómo cogió primero mi mano izquierda y le realizó un suave peeling en tres fases –primero una crema exfoliante, luego una limpiadora, luego una hidratante-, proceso que repitió a continuación, siempre con una delicadeza sorprendente en la aplicación, en la mano derecha.
Mientras dejaba los brazos fuera del agua el tiempo necesario para que la piel absorbiera las cremas aplicadas, Víctor tomó la alcachofa, reguló la temperatura del agua que salía de ésta hasta lograr el punto de calor adecuado y mojó mi pelo lo suficiente para poder aplicar, a continuación, un champú suave. Sé que es algo completamente innecesario, pero ese rato que se entretiene siempre extendiendo el champú al mismo tiempo que masajea las sienes, la nuca, todo el cuero cabelludo, es para mí el mejor de los pasaportes a la calma. Eso hizo ese día antes de aclararme el pelo, incluso volvió a hacerlo mientras hacía efecto el suavizante que acababa de aplicarme.
Tras el correspondiente y definitivo aclarado del cabello, me enjabonó todo el cuerpo con una esponja natural. Comienza siempre por el cuello, los  hombros y la espalda, sigue por el pecho y luego introduce sus manos en el agua para enjabonar, frotando con la presión justa, por el resto del cuerpo. A medida que te recorre con la esponja te vas abandonando a esa sensación, proveniente de la infancia más lejana, en que el momento del baño se convertía en el tiempo más gozoso de cada jornada.
Ese día, como tantos otros, una vez aplicado el jabón, dejó la esponja en la repisa junto a la bañera, y me fue aclarando la piel del cuello, los hombros y la espalda, con el agua que transportaba, muy de a poquitos, en las palmas de sus manos, esas mismas manos que luego se entretuvieron en un lánguido acariciar de mis pezones, en un suave viaje a través de mi tripa, del monte de Venus, del pubis, para demorarse en la cara interior de mis muslos, jugar con mis ingles, hundirse en mi entrepierna mientras sus dedos ya acariciaban mis dos puntos de placer, el que había en mi interior a escasos centímetros de la entrada del sexo, el que tenía en mi exterior protegido por su pequeña capuchita de piel, esa que él sabe retirar con tanta suavidad mientras juguetea con su pequeño inquilino, lo acaricia al principio, lo pellizca al final.
Ni una sola vez abrí los ojos, ni siquiera cuando llegué al primer orgasmo y dije en un susurro “quiero otro” para que él continuara moviendo hábilmente sus manos dentro y fuera de mí. Sólo al acabar el segundo y reponerme con un par de minutos de perfecto silencio, con una sonrisa idiota en mi semblante, los abrí y dije:
- ¡Qué rico!
Me preguntó si quería que me secara a mí o que él se mojara. Elegí la segunda opción, así que él se desnudó y me acompañó dentro del agua. Allí le esperé, con los ojos de nuevo cerrados, segura de que en ese momento él ya estaría en forma y se habría colocado el preservativo, como siempre.
Tener a un hombre dentro de ti mientras haces el amor dentro de una gran bañera, como era el caso presente, es una sensación única. No pesa apenas, con lo cual todos tus sentidos se vuelcan en tu sexo, el cual nota cada embate de tu amante, que gracias al agua siempre parece más ligero de lo que es en realidad.
Víctor sabía, también ese día, qué ritmo buscaba yo, y adivinó perfectamente cuándo quería que me besara en los labios, que enredase su lengua con la mía, que se entretuviera con su boca en mi cuello. Mantuvo esa cadencia el tiempo necesario para que yo me corriera y sólo lo aceleró al final cuando supo que yo estaba ya a punto de alcanzar el orgasmo porque apreté su cuerpo entre mis piernas, momento que él eligió para venirse dentro de mí, sincronizando perfectamente su final con el mío.
Quise tenerle entre mis brazos unos momentos, y allí se quedó, su miembro todavía en mi interior, liviano su cuerpo sobre el mío, su mano jugueteando lánguidamente con uno de mis pezones.
Luego se levantó, se secó con una toalla junto a la bañera y se volvió a vestir, pero esta vez sólo se puso una camiseta y el slip, uno de esos slips de kalvin klein que le sientan tan bien.
- Sophie, ¿quieres quedarte un rato más en el agua o te seco ya el pelo? –me preguntó al cabo de unos minutos
- Mejor salgo -preferí.
El agua había perdido algo de temperatura y no quería enfriarme en el interior de la bañera ahora que tan calentita me había quedado por dentro y por fuera. Me puse el albornoz del hotel que había en una de las perchas del baño y me senté frente al espejo en la silla que antes había traído Víctor para sentarse mientras me enjabonaba.
Allí, con el secador del hotel en una mano y un cepillo redondo en la otra, Víctor fue secando y modelando mi cabello hasta darle la forma que a mí me gusta, con unas suaves ondas que él lograba trazar casi tan bien como mi peluquera de París.
- ¿Vamos para la camilla? –me preguntó, cuando hubo acabado.
- En tus manos estoy –le dije, simplemente.
Allí tumbada, me dejé hacer. Víctor sabe que después del baño no me gusta un masaje en profundidad. Como conoce mis gustos en esas ocasiones, con un masaje relajante, construido sólo con caricias, extendió por cada centímetro de piel de mi cuerpo, desde la cara hasta la planta de los pies, la correspondiente crema hidratante. Cuando yo ya estaba hundida en la camilla, boca arriba, completamente hidratada, desnuda y magnífica como la diosa que era, abrió mis piernas con sus manos, enterró entre ellas su cabeza y jugueteó con su lengua en el punto de mi cuerpo donde más terminaciones nerviosas se concentran hasta que me vine abajo, arrastrada por una corriente de placer extenuante –era el cuarto orgasmo en menos de dos horas- y una mueca de gozo desbordado en el semblante.


Sin que yo tuviera que pedírselo, me tapó con la suave colcha de la cama y él se sentó en el suelo apoyado en la camilla, mientras yo le acariciaba el pelo. Y así nos quedamos hasta que decidí que había llegado el momento de recuperar el control sobre mi propio cuerpo y me levanté para maquillarme, mientras me comía una manzana, ante el espejo del baño, preparándome para acudir, a la hora de la reserva, a Casa Andrés.


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